La magia del porteo

El porteo. Cuando nació Cristina (bueno, durante todo el embarazo también), usé un tanto compulsivamente mi aparatito de la manzana para informarme de todo lo que me pudiera ser útil y calmar mis ansias de tener el control sobre lo desconocido (ejem, bueno, ahora poco a poco voy aprendiendo que eso del “control” es un sueño de opio… pero será tema de otro post).

Un buen día, me encontré con algo así:

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¿Porteo? Um, sonaba bien. Distaba del “déjala llorar y se acostumbrará a estar solita en su cuna” y al “¡no la acostumbres a brazos!”. Porque, no me van a negar que lo natural es que si bien una está cansada, lo que quiere es tener a su bebé siempre muy cerquita. Atrás había quedado mi concepción de los “portawawas” como meros elementos prácticos de sobrevivencia. Ahora había un motivo más importante.

Felizmente, el textito venía con el nombre de la marca que ofrecía esta especie de fulares: Minime. De hecho, sabía que había muchas más, y como buena consumidora informada me contacté con Paola Carrillo, la dueña, para preguntarle cuál era su ventaja diferencial, benchmarking, branding y toda la huachanhuer necesaria. En resumen, me dijo que fuera a probar. Y probé. Y compré. Y fui feliz.

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A los 7 meses de Cris, conocí a mi Begoña, de Mei Tai Afrodita y la hora del Té en el primer showroom al que he ido en mi vida, poco antes de Navidad. Debo confesar que me sentí un tanto “sometida” cuando me probé el mei tai que me enseñó. Además, Cristina lloraba, hacía calor… pero me gustó y me fui sin comprar. Y no fui feliz, porque ya la duda se me había sembrado.

Reposé la idea y volví a un showroom, estaba vez solo de bebés: Las Pecas. Lo volví a probar, pero no tenía dinero, así que acordé un día con Begoña para vernos y hacer la transacción. Fue maravilloso porque pasamos una tarde madre-hijos juntas, compartiendo dudas, temores y todos esos diablos azules maternales.

Salir con mi hija puesta en el mei tai es algo invalorable para mí y para ella. El mundo quizás vea a una mamá con una niña colgada, pobre espalda, qué horror en estos tiempos donde hay coches y canguros más prácticos. Bah. Ayer probé por primera vez sentarla en mi espalda. Emocionante. Me crucé con una señora de la sierra que llevaba a su bebé en un fular multicolor, también en su espalda, y me provocó decirle que, aunque quizás lo hacía –conscientemente- solo por necesidad, era para mí inspiradora y ejemplar.

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Un humilde consejo: sal a pasear con tu hijo. Camina, respira. Y si puedes, portea. Que conozca el mundo de tu mano, o cerca de tu rostro –mientras se pueda–. Tú, como nadie, le podrás explicar muchas cosas. Él se sentirá muy seguro de que mamá esté cerca, y se refugiará en ti si algo lo asusta.

Ahora que ando unos días sin auto, estoy caminando (si no hace mucho frío, tampoco se trata de exponer a mi bebé). Ayer Raúl me dijo: “Mira, ni bien hemos salido y ya está dormidita”. Sonreí, crucé la pista y le dije: “Es la magia del porteo”.

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De panes, panaderías y amor

Por Begoña Songel, Mei Tai Afrodita y la hora del Té

Dicen que los niños vienen con un pan debajo del brazo. Y nada más lejos de la realidad.

Garbancito antes de nacer ya tenía la panadería montada, estuve a punto de montar una franquicia.

Como ya teníamos la habitación pintada empezamos a llenarla de todos los regalos que nos había hecho la familia, los amigos, los conocidos, compañeros de trabajo. Muchas cosas nuevas y otras muchas seminuevas.

  • Una mini cuna,
  • tres cunas,
  • una cuna de viaje,
  • sábanas,
  • colchas bordadas a mano,
  • carrito con capazo, grupo 0 y silla de paseo,
  • dos sillas para el coche,
  • esterilizador de biberones,
  • sacaleches,
  • carrusel para la cuna,
  • trona,
  • trona ajustable a la mesa,
  • hamaca,
  • un silloncito,
  • un intercomunicador,
  • cambiador con bañera,
  • bañera sin cambiador,
  • sillita para bañarlo en la bañera,
  • arrullos, baberos, chupetes, juguetes, toquillas, colonia, gel, ropa, ropa y más ropa, hasta la esponja de baño.

Garbancito panadero, ya tenía montada su habitación. Aunque más tarde, cuando nació, nos dimos cuenta de que solo necesitaba los brazos de mamá. Y lo realmente importante lo encontramos por casualidad. Una pediatra pro lactancia, un taller de lactancia y un fular para llevar a mi peque bien pegadito a mí.

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Como todo en este mundo, se aprende de la experiencia. Yo he aprendido que no se necesitan cunas, ni capazo, ni huevo, ni esterilizador, ni biberones, ni intercomunicador ni chupete. Solo se necesitan brazos y mucho amor. Pero eso es otro capítulo. En este aún estoy embarazada.