La hora de mamá búho

En noches como esta, amo el insomnio. Me permite ser yo. No, no es que tenga complejo de búho, es que soy una creadora por naturaleza. Mi mente vuela, se mueve más rápido que choro del Centro de Lima y necesito darle posada en alguna aplicación de mi Mac. Por supuesto, todas esas fumadas responden a objetivos estratégicos de tipo fundamental: la invitación para el cumple de Cris -no sé si soy poco práctica o más bien idiota, pero me niego a comprar unas hechas que huelen a librería-, un afiche para la Capellanía de la Universidad -¡cómo disfruto decorando ese corcho!-, mi libro que ¡no terminooo! y los freelos que, gracias a Dios, como cancha van saliendo. Lentes ¿Por qué en la madrugada, mamacita? Porque cuando vuelvo de la chamba, mis ocupaciones se llaman Raúl y Cristina. Mis tesoros son prioridad. ¿Y no necesitas dormir, hija? Claro, como cualquier ser que pobla la Tierra. Pero 1) soy adrenalínica y salvo que esté en calidad de arcilla antes de que Diosito le pusiera el alma, las cosas las tengo que ir cerrando ya, ya, ya; 2) hay temas que, objetivamente, necesitan solución pronta y 3) la madrugada es mágica. Nadie me apura, no hay hora de salida ni de entrada, no tengo que salir corriendo a recoger a mi Cris o a cocinar la cena.

Obviamente, unas horitas hay que dormir. Sin embargo, no me agobia si son la 1, las 2, las 3 am. Igual me voy a quedar dormida sobre el teclado al día siguiente. Simplemente, puedo ser. Y respiro. Y creo. Y encuentro. Y observo. Y cuando me da sueño, me voy.

Para ti, que no puedes estar

Qué duro es no poder acompañar a nuestros hijos en los momentos históricos de su historia de vida. Por ejemplo, las primeras semanas en el nido.

Hace un tiempo, leí el post de una amiga que hablaba sobre dejar a los peques hacer las cosas a su tiempo: gatear, caminar, dejar el pañal. Contó que cuando su niña fue al nido por primera vez, ella decidió acompañarla hasta que estuviera lista para quedarse sola, y una semana después, sucedió. Sinceramente, no pensé que esto ocurriría con Cristina, porque siempre la vi independiente y cariñosa con los niños. Pero como con los niños nunca se sabe, pues a mí me tocó que mi chiquitita, mi loquita, fuera de las lloronzuelas… y que yo no pudiera hacer nada al respecto.

No me pude sentar a su lado para darle seguridad los primeros días. No pude llevarla de regreso a casa, invitarle un helado para premiar sus logros ni dormir con ella la siesta después de la agotadora mañana. Mamá que trabaja fuera soy, ya saben. Y aunque sé que es lo que toca, a veces, como hoy, duele la cosa.

mama triste

De todas formas, yo confío. Dios sabe por qué se dan las cosas, y que esto es lo mejor para Cristina. Ejemplo de sacrificio, puntualidad, perseverancia, organización, que sé yo, muchas cosas buenas debe haber absorbido mi bebé desde que volví al ruedo (¡espero!, je).

Por otro lado, todavía hay gente en el mundo capaz de empatizar y mirar más allá de sus narices. La directora del nido, en un gesto que jamás terminaré de agradecer, me ha enviado el tiempo que han durado las clases de verano, un correo con una foto de Cristina haciendo la principal actividad del día. Ver a mi peque con mandil pintando o preparando dulces como mini chef, ha sido #priceless. En los momentos álgidos de mis tardes, en los que corro, corro, corro, siempre, siempre, siempre, ver a mi niña sonreír ha pagado todo y más.

Mamá que trabaja: cuando elijas un nido, no solo te fijes en la infraestructura, metodología de enseñanza y un largo etcétera. Sé que sufres, soy como tú. Por eso te digo: Trata de que las profesoras entiendan tu posición y se pongan en tus zapatos. Créeme que esto es prioritario, para tu tranquilidad, la de tu hijo/a y para que tengas armas con qué combatir la pena de no estar, como la que tengo hoy.