Una nueva hora de recreo

Me dijeron que mientras más me fijara en mis síntomas/sentimientos, peor la pasaría. Que siguiera con la vida y ya está. He seguido con la vida pero no he olvidado mis síntomas/sentimientos, porque ahí están. Y tampoco puedo ocultarlos o callarlos, pues ya no soy la Majo soltera que habla con su pared. Ahora somos tres.

Tengo la tentación de generalizar, no lo haré. Cada mujer vive su embarazo de manera muy personal. Solo leyendo páginas de internet donde te describen brevemente que los cambios hormonales y bla bla, en un fondo blanco con fotos de bebés y dibujos color verde pastel, te das cuenta de que no eres una extraterrestre. Pero, dentro de tu normalidad, siempre hay algo exclusivo, pienso yo. Después de todo, somos únicos e irrepetibles.

Yo llevo meses sin vivir como lo hacía antes. Cuando la barriga era más pequeña, teóricamente podía moverme y ya, vamos aquí, vamos allá… teóricamente. Pues no. Papá Raúl fue testigo de muchos planes truncos, de muchas noches sin sueño, de lágrimas.  Creo que en sus oídos sonaba todos los días “volver a verte otra vez… con un montón de sueños rotos”. Es decir, no era una cuestión físico-kinestésica de movimiento corporal. Era algo más. 

Con el tiempo, esto empeoró. Me volví hogareña. No digo que no me guste estar en mi casa… pero no tanto. Sobre todo, sabiendo que el mundo afuera me espera. Tengo casi 7 meses -como todos dicen, “¿¿¿recién???”- y ya respirar normal es un don de Dios. Comer rico es un privilegio, caminar es cargar un refrigerador y dormir, una utopía. Cierto día, conversé con una amiga. Ella me dijo: “Es que tú piensas que llevas un bulto y no es así. Es una vida que necesita su espacio, su tiempo y PAZ”. Has vivido los últimos años como la niña que está permanentemente en la hora de recreo, ahora te toca descansar. Llora cuando quieras, ríe cuando quieras… el embarazo no es la emoción del primer cd de Baby Beatles que te compras, es una sucesión de sentimientos encontrados, de angustias, de miedos, de incertidumbre… y de mucha felicidad”. 

Me demoré en asimilarlo. ¿No era que debía llevar una vida normal, la que veo en esas embarazadas que se comen su tremendo helado de payaso entero en el parque Kennedy? Pues no, mamacita. Tú, al menos, no. A ti, Dios te ha mandado tu hijita para que bajes las revoluciones y empieces a disfrutar del otro lado de la moneda: de que te ayuden, de que te recojan el papel que se te cayó y te cedan el paso los conductores malcriados. De que te digan que brillas -después de todo, no era mentira-, que tu cutis está más terso, que el embarazo te ha asentado. De que la señora que vende caramelos afuera de Polvos Rosados te dé consejos y “camina despacio, hijita, camina despacio”. De que no seas, al menos por un tiempo, la responsable del futuro de la humanidad ni del futuro de tu casa. Tu esposo es demasiado santo para haberse dado cuenta de eso hace rato y hacer él el desayuno, el almuerzo y la cena, mientras tú estás panza arriba en el sillón lamentando -tontamente- tu inutilidad entre comillas. Entre comillas, porque mi utilidad hoy y ahora, lo tengo claro, es ser mamá de Cristina. Una peque que heredó mi hora de recreo en las noches y exige, sin palabras, ese “panza arriba en el sillón” para poder jugar. La chiquitina a la que no le gusta que la estén tocando porque a ella solo la acaricia su papá Raúl. Cristina, la que es capaz de bailar con el himno de España y pegar su orejita a la placenta con una canción de cuna. 

Decir que mi hijita vale el sacrificio es mezquino. Que es el precio de tenerla pronto entre mis brazos, más todavía. Dios no funciona así. Él funciona con regalos que a veces hemos pedido y a veces no -y con esto no me refiero ni a mi bebé ni al embarazo, sino a los “daños colaterales”, je-, pero que sabemos de sobra que es mejor aceptar, aunque cueste. 

Luego de esta experiencia enriqueciendo y enriqueciéndome de mi mundo interior, de mi Raúl, de mi casa y hasta de mi cama, no sé si las cosas vuelvan a la normalidad. No creo. Lo que sí sé es que el recomienzo de mi “hora de recreo” ya no solo será compartida por uno, sino por dos. Papá Raúl y su princesa Cristina. Espero que, fuera de la panza, nuestra hijita no necesite de tanta paz física. Por si las moscas, compraré una silla para auto muy segura ;).

Esta es la carita de nuestra Cristina. Tan fuera de órbita como sus padres, ella decidió abrir sus ojazos para salir inspiradora en la foto. Y, de paso, enviarnos el mensaje de que está tranquila y feliz. Pese a ser primerizos, vamos bien, ¿no?

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2 comentarios en “Una nueva hora de recreo

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